Eva
El estudio huele a café barato y a papel recién impreso.
No es glamour. No es alfombra roja. No es la versión brillante que la gente imagina cuando piensa en una película. Es una sala amplia con sillas plegables, mesas largas, botellas de agua alineadas, cables cruzando el piso y un asistente de producción repitiendo nombres mientras marca una lista.
Aun así, cuando entro, siento el corazón en la garganta.
No porque no me lo crea. Porque sí me lo creo. Y justamente por eso pesa.
Me tomo un segundo antes de avanzar. No para “calmarme”, sino para mirar bien. Para guardarme esta imagen. Para recordarme que llegué.
Veo a varios actores ya sentados, algunos con guiones abiertos, otros hablando entre ellos con una familiaridad que me da envidia. Se saludan con besos en la mejilla, se ríen con esa risa relajada de los que han estado aquí demasiadas veces.
Yo todavía no soy eso.
Todavía soy la que se siente nueva.
Busco un lugar al final, por costumbre. Pero una asistente