Eva
Llego al restaurante diez minutos antes de la hora.
No porque quiera.
Sino porque no soporto la idea de llegar tarde y darle a Hellen otra excusa para mirarme por encima del hombro.
Es un lugar elegante, sin ser exagerado. Mesas de madera oscura, luces cálidas, música suave. De esos sitios donde la gente habla bajo aunque no tenga nada que esconder.
Me detengo en la entrada un segundo, respiro hondo y entro.
La veo enseguida.
Hellen está sentada junto a la ventana, con un vestido claro que resalta su piel y su cabello rubio perfectamente peinado. No parece alguien a una semana de casarse y con su vida hecha un desastre por dentro. Parece… impecable.
Como siempre.
Cuando me ve, sonríe.
Esa sonrisa que conozco tan bien.
La que no llega a los ojos.
—Eva —dice, levantándose para saludarme—. Qué gusto verte.
Me acerco y la saludo con un beso en la mejilla, sin abrazarla.
—Hola, Hellen.
Se vuelve a sentar con calma, como si todo esto fuera lo más normal del mundo. Yo hago lo mismo frent