Andrew
Cuando lo digo, cuando por fin lo dejo salir, no pasa nada de inmediato.
No hay gritos. No hay escena. No hay un “¿qué?” dramático.
Solo veo cómo Eva se queda quieta.
Es un segundo mínimo, pero lo suficiente para notarlo: sus ojos cambian. Se cristalizan, como si la emoción le subiera de golpe y no tuviera dónde ponerla. Su boca se entreabre un poco, como si fuera a decir algo… y no lo hace.
Yo doy un paso hacia ella.
—Eva…
Ella no responde.
Solo se gira.
Y camina hacia la puerta con una calma que me asusta más que cualquier insulto. Porque esa calma no es tranquilidad: es control. Es la forma más limpia de no romperse delante de mí.
—Espera —le digo, más rápido—. Por favor, espera.
Estiro la mano, intento detenerla sin agarrarla con fuerza, apenas rozar su brazo para que sepa que estoy ahí, que sigo ahí. Pero ella se aparta con un movimiento mínimo y abre la puerta.
La veo salir al pasillo sin mirarme.
Y entiendo, con un vacío en el pecho, que acabo de perder algo. No sé si pa