No sé cuánto tiempo pasó.
Mateo pedaleaba en silencio, constante, como si el mundo no existiera más allá de la calle que se abría frente a nosotros. El ruido de la ciudad se fue apagando poco a poco, reemplazado por el sonido regular de las ruedas sobre el asfalto y mi respiración desordenada.
Llorar así es raro.
No es el llanto dramático que una imagina cuando piensa en tristeza. Es más bien como una fuga. Como si el cuerpo decidiera soltar algo que llevaba demasiado tiempo guardando, sin