Al bajar del autobús frente al set, el viento de la mañana me golpea el rostro, despejando cualquier duda que haya intentado colarse entre mis pensamientos.
Camino hacia los portones del estudio con pasos firmes, aunque por dentro sienta que voy caminando por la cuerda floja.
Apenas cruzo la entrada, la primera persona que me ve es Luis, un asistente de iluminación que siempre me saluda sin levantar la vista de su celular.
Hoy levanta la vista.
Y se queda congelado.
—¿Eva? —dice, como si no estuviera seguro.
—Buenos días, Luis.
Sus ojos recorren mi rostro, mi cabello suelto, mi camiseta negra ajustada, mis jeans oscuros.
No con morbo.
Con sorpresa genuina.
—Te ves... distinta.
—Dormí bien —respondo calma—. Eso ayuda.
Él sonríe, tímido.
—Te ves... bien.
—Gracias.
Sigo caminando.
Es un halago simple.
Normal.
Pero para alguien que lleva años siendo invisible, esa frase tiene filo.
En la mesa del catering, Ana —una maquilladora que siempre fue amable conmigo, pero jamás cercana— se detien