DANTE
Giulia no dejaba de caminar de un lado a otro, como un animal enjaulado. La observaba mientras sus pasos nerviosos resonaban en la sala, y lo único que pensé fue que si seguía así, acabaría abriendo un maldito agujero en el suelo.
—Si sigues caminando de esa manera —le dije, con un deje de burla en la voz—, vas a desgastar la madera.
Ella se detuvo de golpe y me miró con furia.
—No entiendes, Dante. Tengo que regresar al hospital. Isabella está ahí, y yo debería estar acompañándola. ¡Per