GIULIA
Estaba en la cama, con Isabella entre mis brazos. No podía dejar de acariciarle el cabello. Su respiración tranquila me devolvía la calma que tanto había perdido.
—Te extrañé tanto, mi amor —susurré, besándole la cabeza.
Ella giró su rostro hacia mí, siempre con esa sonrisa dulce que me partía el alma.
—Yo también, mamá. Tenía un poco de miedo cuando Dante me llevó a esa casa. Pero Masha me cuidó… y Roberta también.
Al escuchar el nombre de la perrita, Roberta, que estaba hecha un ovill