GIULIA
Salí de la oficina de Iván y de su padre, Ivanok, con el pecho oprimido, apenas pudiendo respirar. La noticia aún resonaba en mi cabeza como un eco que no me dejaba en paz: yo era una Volkov.
Mi sangre, la de Isabella también, pertenecía a esa familia que siempre había estado al otro lado de la balanza, en un mundo de poder y crueldad que ahora me reclamaba como suyo.
Caminé por el pasillo como si mis pies no fueran míos cuando, de pronto, alguien se interpuso en mi camino. Era Fiorell