GIULIA
El auto se detuvo frente a una mansión enorme, imponente, de muros altos y ventanales oscuros que parecían observarnos como ojos hostiles. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda; sabía que Isabella estaba ahí dentro, atrapada, y cada segundo lejos de ella era una tortura.
Dante giró hacia mí con esa mirada dura, implacable.
—Giulia, no vas a intervenir. Te quedas en el auto. Yo voy a negociar la libertad de Isabella y Fiorella.
Apreté los puños.
—¿Cómo puedes pedirme eso? ¡Es m