GIULIA
Después de la cena sentí que por fin podía respirar. El aire de la cocina, cargado con el olor de especias y pan recién horneado, me resultó más soportable que la tensión que impregnaba el comedor.
Haber estado en esa mesa con Marcella, verla comer con tranquilidad, como si no cargara veneno en cada palabra y en cada gesto, me había puesto al borde del colapso. Riccardo no apareció en la cena y, por momentos, llegué a pensar que Marcella lo había matado. La idea me carcomía, me llenaba