GIULIA
No podía quedarme quieta. Caminaba de un lado a otro, una y otra vez, como un animal atrapado en su jaula. Mis manos temblaban sin control, y el corazón me golpeaba tan fuerte el pecho que parecía querer escapar. La furia me consumía, abrasándome desde adentro, y no era solo contra Dante. No. También era contra mí misma, por haber permitido que todo llegara hasta aquí, por haberle dejado entrar demasiado en nuestras vidas.
—Mamá… —la voz pequeña de Isabella me cortó la respiración.
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