GIULIA
—¡Isabella! —grité.
Corrí por los pasillos con Fiorella a mi lado, mi respiración entrecortada, el corazón latiéndome con tanta fuerza que apenas podía oír otra cosa. Entré de nuevo a la habitación del sótano, buscándola con la mirada como si de pronto fuera a aparecer bajo la cama o tras la puerta. Nada.
—No está —dije, sintiendo cómo la desesperación me mordía por dentro.
Fiorella me miró con preocupación, pero sin perder la calma.
—Vamos a buscar por los alrededores, debe estar cerca.