GIULIA
El sol apenas se asomaba por las rendijas de la ventana del sótano cuando me levanté.
El reloj marcaba las seis en punto, el tiempo ideal para preparar un desayuno perfecto.
Me moví con cuidado, deslizándome por la habitación silenciosa para no despertar a Isabella. Me acerqué a su camita y le susurré suavemente al oído:
—Voy a la cocina, regresaré pronto… No salgas de aquí, ¿sí?
—Sí, mamá —murmuró medio dormida, acurrucada entre las mantas.
Me quedé unos segundos contemplando su rost