Los tres volteamos en la misma dirección, y ahí estaba él, mirándonos con un gesto de confusión, aunque lo disimulaba muy bien.
—Ya veo que despertaste —me dijo, una vez que sus ojos dejaron de mirar a sus hombres—. Y veo que estás bien. —Guardó sus manos en los bolsillos. —Supongo, entonces, que podemos conversar más tranquilos que la primera vez que nos vimos.
Solté un gruñido entre dientes. Estaba molesta, muy molesta. El miedo había desaparecido por completo; ahora, con el dolor que sentía,