Capítulo 5

Lo miré sin poder hablar. La lluvia seguía cayendo alrededor de nosotros, golpeando el pavimento, empapando mi ropa, mi cabello, mi piel… pero lo único que podía escuchar era aquella frase.

«Si te digo la verdad ahora, vas a odiarme.»

Mi pecho se apretó tan fuerte que dolió; el aire comenzó a faltarme lentamente.

—¿Qué hiciste…? —susurré.

Viktor no apartó la mirada. Sus ojos oscuros permanecieron clavados en los míos con intensidad.

Algo que comenzaba a darme miedo de verdad. Pero antes de que pudiera responder, uno de sus hombres apareció apresuradamente bajo la lluvia.

—Jefe, tenemos que movernos ya. —Viktor maldijo entre dientes.

Luego tomó mi mano, no con brusquedad, eso fue lo peor, porque su agarre fue firme… protector, como si realmente le importara que no me hicieran daño.

—¡Suéltame! —Intenté apartarme, pero él me obligó a caminar hacia la camioneta negra.

—Después peleas conmigo.

—¡No quiero ir contigo! ¡Ni siquiera te conozco! Eres un criminal.

—Bueno, ya sabes algo de mí. —Dante abrió la puerta y prácticamente me empujó dentro. 

La puerta se cerró de golpe, el vehículo arrancó inmediatamente, todo ocurrió tan rápido que apenas pude procesarlo. Mi respiración seguía descontrolada mientras observaba las luces mojadas de la ciudad deslizarse detrás de la ventana.

Nadie hablaba. El limpiaparabrisas se movía de un lado a otro.

Tac.

Tac.

Tac.

El sonido comenzó a desesperarme, hasta que ya no soporté más el silencio.

—Habla.

Viktor tenía la cabeza apoyada contra el asiento, los ojos cerrados, como si estuviera cansado. Como si esta conversación también lo estuviera destruyendo a él.

—No aquí.

La rabia explotó dentro de mí. —Soy yo, la que está secuestrada, dentro de un auto con el hombre más peligroso del mundo luego de que intentaran matarme unos tipos que, según, mataron a mi padre. 

Él abrió los ojos lentamente y giró la cabeza hacia mí. —Tienes que aprender a controlar tus emociones; alterarte no te llevará a ningún lado.

Mi boca se cerró inmediatamente. El silencio cayó otra vez, incómodo; lo odiaba, odiaba su voz tranquila, odiaba que hablara como si entendiera el peligro mejor que yo, odiaba que actuara como si tuviera derecho a protegerme. Pero más odiaba el hecho de que probablemente tenía razón.

Bajé la mirada hacia mis manos; seguían temblando. —Mi padre era un buen hombre… —La voz me salió rota, pequeña. —Él no le hacía daño a nadie.

Viktor me observó en silencio durante varios segundos. —Lo sé.

Sentí un ardor horrible detrás de los ojos. —Entonces, ¿por qué…?

Viktor apretó ligeramente la mandíbula. Como si escoger las palabras correctas le costara más de lo que quería admitir. —Porque vio nombres que nunca debió ver.

Fruncí el ceño lentamente. —¿Qué nombres?

Él dudó, solo un segundo. Pero fue suficiente para que el miedo comenzara a extenderse dentro de mí. Un miedo frío.

—¿Viktor?

Él exhaló lentamente. —Políticos. Empresarios. Jueces.

Mi respiración se detuvo.

—Tu padre descubrió una red de lavado de dinero hace quince años. Quiso sacar copias de ciertos archivos… pero alguien lo descubrió antes.

Mi mente intentó procesarlo. No podía. Era imposible. Toda mi vida recordé a mi padre como un hombre tranquilo. Honesto. Sencillo. El hombre que me llevaba helado los domingos. El que arreglaba mis juguetes rotos. El que me cargaba sobre los hombros. Y ahora me estaban diciendo que murió por culpa de una organización criminal.

—No… —murmuré—. No puede ser… —me pasé la mano por el cabello.

Viktor no apartó la mirada. —La noche que murió, intentó huir contigo y con tu madre.

Levanté la cabeza rápidamente. —¿Cómo sabes eso? —Silencio, el corazón comenzó a golpearme con fuerza. Demasiada fuerza. Y entonces entendí. Sentí el estómago hundirse. —Tú estabas ahí...

Viktor no respondió. No hacía falta. El aire abandonó mis pulmones.

—Dios mío…

Me alejé de él inmediatamente hasta pegarme contra la puerta del vehículo.

—Tú estabas ahí.

—Patricia…

—¡Tú estabas ahí!

Mi voz se quebró violentamente. Los hombres de adelante permanecieron completamente callados. Como si ya conocieran esta historia. Como si supieran exactamente lo que venía después.

—¿Qué edad tenías? —pregunté con rabia contenida—. ¿Veinte? ¿Veintidós? ¿Y trabajabas para la gente que mató a mi padre?

La mandíbula de Viktor se tensó. Por primera vez desde que lo conocía, parecía realmente afectado.

—No sabía lo que iban a hacer.

Solté una risa amarga. Vacía. —Claro.

—Estoy diciendo la verdad.

—¿Y esperas que te crea?

Viktor pasó una mano por su rostro mojado, perdiendo la paciencia por primera vez. —Esa noche intenté ayudarlos.

—¡Pero mi padre murió igual!

Mi grito llenó toda la camioneta. El dolor explotó dentro de mí. Las lágrimas comenzaron a caer sin control. —Toda mi vida… —mi voz tembló—. Toda mi vida pensé que fue un accidente…

Viktor me observó fijamente. Y entonces hizo algo inesperado. Se acercó lentamente hacia mí.

—No me toques.

No me escuchó. Sus dedos rozaron mi mejilla con una suavidad absurda para alguien como él. Eso me confundió más. Porque no había deseo en ese gesto. Había culpa.

—Lo siento, Patricia.

Esas palabras me destruyeron. Porque sonaron reales. Lo aparté bruscamente.

—Te odio.

El rostro de Dante cambió apenas. Fue algo pequeño. Casi invisible. Pero ahí estaba. Dolor. Y eso me asustó más que cualquier arma. La camioneta finalmente se detuvo frente a una enorme mansión iluminada. Uno de sus hombres bajó inmediatamente para abrirnos la puerta.

—¿Dónde estamos? 

—Estamos en Sefwort —salió primero. La lluvia seguía cayendo sobre nosotros. 

Miré hacia la ventana. —¿Qué estamos haciendo aquí? Quiero regresar a mi apartamento, con Mariano.

—Lo siento, pero no regresarás ahí, te quedarás aquí por un tiempo, es por tu bien.

Solté una risa temblorosa. —Prefiero morir. —Mascullé.

Viktor se acercó lentamente. Demasiado cerca. Luego inclinó apenas el rostro hacia mí. —No digas cosas que podrían cumplirse.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

Y entonces—

¡BANG!

El vidrio trasero de la camioneta explotó.

Todos reaccionaron al instante.

Los hombres sacaron armas.

Alguien gritó:

—¡Francotirador!

Y Dante me empujó violentamente al suelo antes de que otro disparo atravesara la oscuridad.

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