Mundo ficciónIniciar sesión—¿Qué dijiste…? —Mi voz salió rota, temblorosa. El taxi seguía detenido en mitad de la calle mientras yo observaba el automóvil negro a nuestro lado, incapaz de respirar correctamente.
El hombre del arma continuaba apuntándome, quieto, paciente, esperando. La lluvia comenzaba a golpear el parabrisas con más fuerza, distorsionando las luces de la ciudad alrededor.
Sentía el corazón descontrolado dentro del pecho. Demasiado rápido.
—Sal del taxi. —dijo Viktor desde el teléfono.
Parpadeé varias veces. Como si no hubiera escuchado bien.
—No…
—Ahora, Patricia.
—¡No voy a volver contigo! —Mi voz se quebró al final.
No sabía qué estaba pasando, no sabía quiénes eran esos hombres. No sabía si Viktor estaba intentando ayudarme… o atraparme otra vez.
Pero sí sabía algo. Le tenía miedo.
Hubo un pequeño silencio del otro lado de la línea. Y entonces escuché algo que me heló la sangre. —Entonces morirás aquí.
Mis labios se separaron lentamente.
El hombre del automóvil negro levantó apenas el arma. El conductor del taxi soltó una maldición. —¡Mierda!
Pisó el acelerador de golpe. El taxi salió disparado calle abajo. Yo me sujeté del asiento mientras el teléfono casi se resbalaba de mis manos.
—¡¿Qué está pasando?! —gritó el conductor mirando nervioso por el espejo retrovisor.
No pude responder, mi garganta estaba cerrada. El automóvil negro aceleró detrás de nosotros; entonces otro vehículo apareció más atrás. Y luego otro: Nos estaban persiguiendo.
El miedo comenzó a aplastarme el pecho. —Viktor… —Susurré con dificultad.
—Escúchame con atención —dijo él con una calma —. Vas a bajar del taxi en la próxima esquina. Mis hombres ya están allí.
Miré desesperadamente por la ventana. Las luces de los otros autos se reflejaban en el pavimento mojado; seguían detrás, cada vez más cerca.
—¿Por qué me persiguen? —pregunté sintiendo lágrimas acumulándose en mis ojos.
Viktor tardó apenas unos segundos en responder. —Porque finalmente saben dónde estás.
Fruncí el ceño; nada tenía sentido, nada. Mi cabeza daba vueltas. —Mi padre murió en un accidente… No lo pudieron haber matado, eso es imposible; mi padre era un hombre noble y muy servicial.
Silencio, un silencio horrible. Pesado, y comprendí la respuesta incluso antes de que hablara.
—Viktor... ¡CARAJO, DIME ALGO! —Mi voz sonó pequeña.
—Te mintieron, Patricia.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones, mi cuerpo entero se enfrió.
No.
No podía ser.
Mi padre había muerto cuando yo era una niña.
Un accidente automovilístico.
Eso decía el informe.
Eso decía mi madre.
Eso repetía todo el mundo.
Accidente.
Accidente.
Accidente.
Pero la voz de Viktor sonaba demasiado segura. Demasiado real, el taxi dobló violentamente una esquina, y entonces todo ocurrió demasiado rápido.
Un disparo atravesó la noche; el vidrio trasero explotó en miles de pedazos, yo grité, el conductor también.
—¡Abajo! —ordenó Viktor desde el teléfono.
Me lancé hacia el asiento justo cuando otro disparo impactó el automóvil. El sonido fue ensordecedor; el taxi zigzagueó peligrosamente. —¡Nos van a matar! —gritó el conductor completamente aterrado.
Mi respiración se volvió caótica, no podía pensar, no podía moverme, todo estaba pasando demasiado rápido.
Otro disparo. Luego otro. El conductor frenó bruscamente cuando dos camionetas negras bloquearon la calle frente a nosotros; las puertas se abrieron de inmediato. Hombres armados descendieron rápidamente. Vestidos completamente de negro. Organizados.
Los disparos detrás de nosotros continuaban resonando.
La puerta del taxi se abrió violentamente.
—¡Señorita, venga con nosotros!
Unas manos fuertes me sujetaron antes de que pudiera reaccionar. —¡Suéltenme!
Me arrastraron fuera del vehículo mientras el caos explotaba alrededor.
Lluvia golpeando el asfalto, luces cegadoras, gritos, disparos. El olor a pólvora llenando el aire. Todo parecía una pesadilla. Tropecé apenas mis pies tocaron el suelo mojado.
Entonces lo vi: Viktor. De pie frente a una camioneta negra, inmóvil.
La lluvia empapaba lentamente su ropa oscura y deslizaba gotas por su rostro, pero él ni siquiera parecía notarlo; no tenía miedo, no parecía preocupado. Era como si estuviera completamente acostumbrado a la violencia, como si perteneciera a ella.
Nuestros ojos se encontraron, y algo dentro de mí se rompió. Porque en medio de todo aquel caos… Él era lo único que parecía estable.
Corrí hacia él sin pensar. Viktor me atrapó inmediatamente entre sus brazos justo cuando otro disparo sonó cerca.
Su mano se deslizó hasta mi espalda, sujetándome con fuerza contra él. —Tranquila —murmuró cerca de mi oído con una voz baja y peligrosa—. Ya estás conmigo.
Odiaba el efecto que esas palabras tuvieron en mí. Porque por primera vez desde que comenzó todo… Me sentí segura.
Otro disparo resonó a lo lejos, uno de sus hombres se acercó rápidamente.
—Intentaron cerrar las calles, jefe.
Vikor ni siquiera apartó los ojos de mí.
—Llévenla al auto. —Asintieron de inmediato.
Pero yo me aparté apenas de él. —No.
Viktor frunció ligeramente el ceño.
—Patricia…
—No hasta que me expliquen qué está pasando. —Mi voz todavía temblaba, pero ya no por miedo; ahora era rabia, confusión, dolor.
Sus ojos oscuros se clavaron en los míos. Y por primera vez desde que lo conocía… Vi algo distinto en ellos: culpa.
La lluvia empapaba su cabello oscuro mientras me observaba en silencio.
—Este no es el lugar para hablar de esto.
—¡Mi padre murió hace quince años! —grité sintiendo las lágrimas arder en mis ojos—. ¡Toda mi vida me dijeron que fue un accidente!
La mandíbula de Viktor se tensó, parecía estar conteniendo algo.
Finalmente habló. —Tu padre trabajaba para mi familia.
Parpadeé confundida.
—¿Qué…?
—Era contador.
Mi respiración comenzó a volverse pesada otra vez.
—Eso no tiene sentido…
—Descubrió algo que no debía descubrir.
El corazón me golpeó dolorosamente contra el pecho. —¿Y lo mataron?
Viktor guardó silencio; pero no hacía falta responder, porque su silencio lo confirmó todo.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas, mezclándose con la lluvia. Retrocedí un paso. —¿Quién?
Viktor me observó largamente, como si estuviera decidiendo cuánto podía destruirme esa noche. Entonces ocurrió algo inesperado.
Levantó lentamente una mano. Y apartó una gota de lluvia de mi mejilla con una suavidad que no encajaba en absoluto con el hombre que tenía frente a mí.
Ese pequeño gesto me desarmó más que las armas. —Si te digo toda la verdad ahora… —Murmuró con voz baja—, vas a odiarme.







