Capítulo 3

Viktor dio otro paso hacia adelante.

—¡¿Qué está haciendo?! ¡No se mueva! —le grito.

Él levanta las manos y da otro paso hacia adelante lento. 

—¡Le he dicho que no se mueva! —grito más fuerte.

Logra llegar a unos pasos de mí; cerré los ojos, doblé la cabeza a un lado, apreté los ojos, tensé mi cuerpo tanto que no sentía mis extremidades, no me di cuenta de lo mucho que temblaba hasta que ya no sentía el aire salir por mi nariz. Justo cuando sentía que todo se iba al carajo, oigo la cerradura abrirse. Abrí los ojos con cuidado y su cuerpo se está alejando lentamente.

—Es libre de irse, Patricia —seguía con las manos alzadas. —Pero déjeme decirle que no es una buena idea teniendo en cuenta su condición ahora.

No me quedé para seguir escuchándolo un segundo más. Abrí la manilla y la abrí tan rápido que ni yo misma me di cuenta en el momento en que estaba apretando el botón del ascensor. Las puertas se abrieron y entré, presionando el botón de bajar rápido hasta que las puertas de metal se cerraron. Me recosté sobre el metal, dejando salir el aire; mi estómago ruge, me toco la panza. «¡Estas cosas solo me pasan a mí!» Me sobo la cabeza.

Las puertas se abren al minuto siguiente; salgo corriendo, dejando atrás aquel edificio imponente. El aire frío me golpea en la cara. Miro a ambos lados; todo estaba oscuro, pero todavía había gente rodeando las calles y autos pasando de un lado a otro. Tragué grueso y me apresuré a caminar por el lado contrario de la calle. No sabía dónde estaba, aunque algunos anuncios me eran conocidos. De repente, vi un taxi acercándose; le extendí la mano: —¡Taxi!

El auto se detuvo, me subí a él y por un segundo me sentí aliviada, segura; me recosté en el asiento soltando un suspiro de alivio.

De repente siento vibrar la chaqueta, miro hacia abajo, meto la mano en uno de los bolsillos internos y saco un teléfono de teclas. «¿Estos teléfonos todavía existen?»

Tenía señal. La pantalla del teléfono brilló entre mis manos temblorosas, mostrando un número desconocido; por un segundo dudé en contestar.

El pecho se me apretó apenas pensar en que podría ser mi hermano, asustado o arrepentido por todo esto que había causado. Pero, ¿cómo obtuve este teléfono?

Presioné el botón verde y lo llevé a mi oreja. —¿Hola…?

El silencio del taxi pareció volverse más pesado. Y entonces escuché su voz; calmada, demasiado calmada.

—Mira hacia la derecha, Patricia.

Mi sangre se congeló al instante. Giré la cabeza lentamente: un automóvil negro avanzaba junto al taxi, moviéndose exactamente a nuestra velocidad. Elegante. Oscuro. Intimidante. Las ventanas polarizadas escondían completamente a los ocupantes.

Pero algo dentro de mí supo inmediatamente quiénes eran.

El aire comenzó a faltarme. —¿Qué…? —susurré, sintiendo cómo el miedo me subía lentamente por la garganta.

Del otro lado de la línea, Viktor soltó un suspiro apenas audible. —No eres una prisionera. Puedes irte cuando quieras, pero ese es el verdadero problema.

Apreté el teléfono con fuerza. —¡¿Qué es lo que quieres de mí?!

Hubo un pequeño silencio. Uno incómodo. Como si estuviera pensando cuidadosamente qué responder.

—Ya te lo dije, puedo protegerte de ellos, si aceptas fingir ser mi prometida.

Fruncí el ceño. —¿De qué estás hablando…? ¿Quiénes son ellos?

El automóvil negro aceleró ligeramente hasta quedar perfectamente alineado con mi ventana. Mi respiración se volvió irregular.

Sentía algo horrible dentro del pecho. Una presión oscura diciéndome que no mirara. Pero miré. La ventana trasera descendió apenas unos centímetros. Y el mundo pareció detenerse. Había un hombre dentro, vestido completamente de negro, con el rostro cubierto parcialmente por sombras y apuntándome directamente con un arma.

El grito salió de mi garganta antes de que pudiera contenerlo.

—¡Dios mío!

El conductor del taxi frenó bruscamente. Las llantas chirriaron sobre el asfalto.

—¡¿Qué ocurre?! —gritó el taxista alarmado, mirando por el retrovisor.

Yo apenas podía respirar. Mis manos comenzaron a temblar violentamente. El teléfono casi se resbaló entre mis dedos.

—¿Qué es lo que quieren de mí? —pregunté con la voz rota.

—De ti, nada, solo quieren terminar el trabajo, fueron ellos los que asesinaron a tu padre. —La respuesta de Viktor llegó inmediata. Más fría esta vez. Más seria

Sentí que el corazón dejaba de latirme por un segundo. El ruido de la calle desapareció. El taxi. La lluvia golpeando afuera. El sonido de mi propia respiración.

Todo.

Porque mi padre no había sido asesinado. O al menos… Eso era lo que yo había creído toda mi vida.

—¿Qué… acabas de decir…? —susurré apenas.

El hombre del automóvil negro seguía apuntándome. Sin bajar el arma, esperando, observándome. Como si estuviera aguardando una orden.

Mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas. No entendía nada; mi padre había muerto en un accidente. Eso fue lo que dijeron, eso fue lo que repetí durante años.

Accidente.

Accidente.

Accidente.

Pero ahora…

Ahora la voz de Viktor sonaba demasiado segura como para estar mintiendo.

—Escúchame con atención —dijo él al otro lado de la línea, manteniendo esa calma enfermiza que comenzaba a alterarme—. Si bajas de ese taxi, vas a morir.

Negué lentamente. —No… no… no puedo morir ahora…

Mi cabeza comenzó a dar vueltas, sentía náuseas, confusión, miedo. Demasiadas cosas al mismo tiempo. —Estás mintiendo… —Murmuré, aunque ni yo misma estaba segura de creerlo.

Viktor guardó silencio unos segundos. —Desearía estarlo.

La ventana del automóvil volvió a subir lentamente. El arma desapareció de mi vista. Pero el miedo no, ese miedo se quedó clavado dentro de mi pecho.

Respirando conmigo. El taxi seguía detenido en mitad de la calle.

El conductor miraba nervioso entre el espejo y el automóvil negro. —Señorita… —dijo con inseguridad—. ¿Quiere que la lleve a una estación de policía?

Casi solté una risa histérica. ¿La policía?

Si Viktor decía la verdad, hombres así probablemente compraban policías igual que compraban armas.

Cerré los ojos un segundo, intentando pensar, intentando respirar,intentando despertar de aquella pesadilla.

Pero la voz de Viktor volvió a atravesarme lentamente. —Vuelve conmigo, Patricia.

Abrí los ojos de golpe. —¿Qué?

—Es el único lugar donde no podrán tocarte.

Mi garganta ardió.—¿Y por qué debería confiar en ti?

Silencio.

—Porque si hubiera querido hacerte daño… ya lo habría hecho.

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