El mafioso que compró mi deuda.
El mafioso que compró mi deuda.
Por: Natacha
Capítulo 1

No podía dormir, y menos con el calor húmedo de la noche y, para el colmo, mi aire acondicionado estaba en mantenimiento. Perfecto para amanecer con los ojos de mapache; necesitaba este sueño. Justo al amanecer debo exponer mi tesis en la universidad. Comienzo a contar ovejas; cuando llego a 69, por fin siento que me sincronizo con mi mente para dormir; oigo golpes en la puerta. Frunzo el ceño; creí que eran golpes provenientes de la puerta del lado.

Qué molestos. 

Los golpes no cesan, se vuelven más rudos y abruptos, lo que me hace levantar de golpe de la cama y correr hasta la sala, donde veo a mi hermano sentado con la cara pálida y los ojos en dirección a la puerta. 

—¡Qué está pasando, Mariano! —le recrimino molesta.

—Ni se te ocurra abrir la puerta, Patricia…

No hizo falta que lo hiciera; la puerta se abrió cayendo al suelo, estallando como una bomba por toda la habitación.

—¡AHHHHH! —Intento correr hacia Mariano, pero uno de los tres hombres que irrumpieron me tomó por sorpresa clavando sus dedos con mucha fuerza en mi brazo.

—¿A dónde crees que vas, muñequita? —me habla con un tono burlón y cínico; me lanza una sonrisa maliciosa.

—¡Déjame! ¡No me toques! —le lanzó un puñetazo en el hombro.

—¡Vaya! La muñequita tiene carácter. —Se burla y me arrastra hacia él sin hacer esfuerzo; mi espalda choca contra su pecho. —Tranquila —se acerca a mi cara demasiado—, si te portas bien, te trataré bien. —Me arrastra con él hasta quedar cerca de la cocina. 

—Miren a quién tenemos aquí —otro de los hombres habló; este era el más alto y más acuerpado que los demás. 

—Parece que nuestro chico favorito duerme plácidamente, jefe. —Un tercer hombre tomó a mi hermano y lo sometió con fuerza, pegándole la cara al piso.

—¡Déjenlo! ¡Él no ha hecho nada malo! —les grito, pero parece que nadie me oye.

—¡No la toquen, ella es inocente! —Mariano gritó con desesperación.

El más alto, puso una sonrisa macabra en su rostro, se acercó a Mariano y puso la suela de su bota en su cara, pisándole la cara con fuerza.

—¡AHHHH! —Mariano grita.

—¡Nooooo! —le suplicó entre llanto—. Por favor, no le hagan nada, por favor. —Mi vista se nubla y grito con más fuerza. 

El tercero se dirige hasta donde estoy y me lanza una cachetada que me deja la mejilla enrojecida. —¡Cállate!

—¡No la toquen! ¡Ella no tiene nada que ver en esto! 

—Oh, claro que no le haremos nada; no somos unos monstruos. Solo queremos que nos pagues y nos iremos de aquí.

—¡Él no les debe nada, por favor, déjenlo! —sigo gritando, pero los tres se ríen de mí.

—Por supuesto que nos debe, querida. Tu querido hermano nos debe dos millones de dólares. 

¿QUÉ?… ¿DOS QUÉ?… NO… esto tiene que ser una pésima broma.

Miro a mi hermano; él está tirado en el suelo, con heridas llenas de sangre. Sin negar lo que acaban de decir, aunque, con su silencio, lo había dicho todo.

—¡Dos millones de dólares, Mariano! ¿En qué estabas pensando? —le gritó desesperada, sin saber qué hacer para que se fueran.

Miro a uno de los hombres, al que parece que es el líder, que se paró a un lado de la puerta. —Señor, por favor, tome lo que sea de nuestra casa; no tenemos mucho, pero puede que le alcance para pagar la deuda. —Lo digo como mi última esperanza, porque al final, sé perfectamente que nada de lo que tengo vale dos millones de dólares, ni siquiera juntándolo.

El hombro soltó una carcajada y miró hacia el apartamento. Luego miró a Mariano en el suelo: —Tu hermana parece tener más agallas que tú; ahora dime cómo piensas pagarle al jefe; él quiere su dinero hoy mismo.

—No tengo el dinero ahora mismo —masculló Mariano, con la sangre goteando de su boca. Pero puedo pagarle. Dígale que le pagaré, se lo prometo, solo deme más tiempo. —Intentó persuadirlo.

—El jefe no quiere más tiempo, ¡quiere su dinero! —Le dio una bofetada en la cara, sacándole más sangre.

—¡Noooo! —gritó al verlo herido—. ¡Por favor, se lo pido, llévense lo que quieran, pero no le hagan nada! —Intento soltarme, no puedo, es imposible, el tipo es una piedra.

—De verdad, no tengo ese dinero… pero denme más tiempo y se lo pagaré. —Mariano intenta arrodillarse suplicándoles.

El tercer hombre le da una patada en su barbilla, tirándolo otra vez al suelo.

El líder parecía impacientarse: —¡Registren la casa! 

El tercero comenzó a caminar por todo el apartamento, registrando y tirando todo al suelo. Oía cómo los platos se rompían mientras los cajones eran registrados, mi ropa, la cama era volteada, el televisor, que no valía más de trescientos dólares. Mis labios comenzaron a temblar, mientras que un nudo de espinas se subía a mi garganta. Las otras deudas, nos habíamos librado porque mis padres nos habían dejado sus ahorros, pero ahora no tenemos nada, nada para pagar.

No dejaba de pensar en qué íbamos a hacer; mi respiración entrecortada hacía que me doliera el pecho y mi cabeza no dejaba de dar vueltas. ¿Qué iba a pasar? ¿Qué me iban a hacer si se daban cuenta de que Mariano no tenía para pagar la deuda?

—Jefe, esta gente no tiene ni para caerse muertos, y su televisor, por lo que veo, es de segunda y su marca ya está descontinuada; no tienen nada de valor aquí. —Ambos se giraron para ver a Mariano. El líder le hizo una seña hacia mi hermano y él le lanzó una patada en su estómago.

—¡Noooo! ¡Déjenlo ir, por favor! —Mis lágrimas empañan mi cara.

—¡Quieta, no te muevas! —me gritó el hombre que me sostenía. 

El tercero le tiró otra patada en su rostro, y luego otra patada en su estómago, haciendo que Mariano quedara inconsciente sobre un charco grande de sangre. 

—No lo maten, por favor, ¡les pagaré! Se los juro… pero, por favor… no lo maten…

El líder levantó la mano y el tercero se detuvo. No paraba de llorar; intenté respirar hondo, pero las lágrimas no cesan. El líder le hizo un gesto con la cara y el que me sostenía me soltó sin vacilar y, en cuanto me sentí libre, corrí hacia mi hermano, me puse sobre él, protegiéndolo. Era estúpido, ¿qué podía hacer yo contra tres hombres musculosos y llenos de cicatrices? 

—Ahora que lo recuerdo… es una joven muy hermosa… —Le habló al segundo hombre. —Recuerdo que el jefe nos dijo que si su hermano no pagaba, podíamos llevarle a la hermana; ya veo por qué lo dijo.

—No, ni se les ocurra tocarla. Yo le pagaré, pero —hizo un esfuerzo por moverse, pero su cuerpo se volvió débil por los golpes.

—¡No tienes con qué dar condiciones! —El líder inclinó la cabeza y el tercer hombre me tomó del brazo. 

—¡Vendrás con nosotros! 

—¡No! ¡Suéltenme! ¡No me toquen!

El líder me sujetó del cabello y me obligó a alzar la cara. —Más te vale que aprendas a callarte desde ahora —murmuró cerca de mis labios—. Al jefe no le gustan las mujeres que gritan.

—¡No iré a ningún lado! ¡Suéltenme! —forcejeé sin éxito—. Mariano, por favor… ¡Haz algo! —grité al borde del llanto.

Silencio. Un silencio largo. Pesado. Parpadeé varias veces, esperando… cualquier cosa. —No…

La vista se me nubló. Un nudo áspero me subió por el pecho. Negué despacio, como si así pudiera obligarlo a reaccionar.

Vamos… di algo, maldición…

Pero Mariano no dijo nada. No se movió. Solo bajó la cabeza.

—Hermana…

Algo dentro de mí se rompió. —¿Mariano…? —mi voz salió en un susurro roto.

El miedo desapareció. El dolor también. Y eso fue lo peor. Porque lo único que quedó… fue vacío. Me quedé inmóvil. Sin luchar. Sin pensar.

—¡Vámonos!

Me levantaron del suelo y, sin darme tiempo a reaccionar, me arrastraron fuera del apartamento.

—Mariano…

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