Mundo ficciónIniciar sesiónEstaba congelada. El auto olía a cigarrillo y el humo me estaba asfixiando. Me cubría con un saco negro que el tercer hombre me había prestado. Apenas el vehículo se detuvo, abrieron la puerta.
—Sal. Ahora. —Me habló el segundo, con voz gruesa y un tanto molesta.
Tragué saliva y puse un pie afuera, luego el otro. Estaba por bajar cuando sentí un puño grueso empujarme. Casi toqué el suelo, pero el tercer hombre me sostuvo antes de caer.
—Odio a las mujeres lentas.
—Oye, no seas tan bruto. —Le reclamó el tercero cuando me ayudó a levantarme. —El jefe te matará si se entera de todo esto.
—¿Y qué? El jefe solo la usará y luego la botará como hace con todas. ¿A quién le importa?
«¿El jefe? ¿Quién demonios era el jefe?»
El tercer hombre me escoltó hasta el edificio. Subimos por el ascensor hasta un piso completamente vacío, con una sola puerta enorme al final del pasillo.
Él se quedó frente a ella mientras yo me abrazaba a mí misma, aferrándome a las últimas gotas de esperanza que me quedaban. Los labios me temblaban ligeramente. Tenía frío. Mucho frío.
Mis músculos estaban tensos, tanto que comenzaban a dolerme. Sentía una presión horrible dentro de la cabeza, como si una nube gris no me dejara pensar con claridad.
¿Qué iba a pasarme? ¿Me matarían? ¿Y si ese hombre era peor que los otros?
—Adelante.
El hombre abrió la puerta.
—Pasa.
Lo miré atónita.
—¿Qué?
Miré de reojo hacia el interior. Todo estaba oscuro, excepto por las luces de la ciudad entrando a través de una enorme ventana. Frente a ella había un hombre alto, inmóvil, observando el paisaje nocturno con sus manos dentro de los bolsillos.
Y daba miedo. Mucho miedo.
—No quiero… —Susurré, negando lentamente con la cabeza.
—No es una pregunta. —Me empujó hacia adentro y cerró la puerta inmediatamente.
Me apresuré a detenerlo, pero ya era tarde. —¡No, no, no!
Golpeé la puerta desesperadamente, pero estaba cerrada con llave. Intenté mover la manilla otra vez. Nada.
—Puedes golpear la puerta toda la noche si lo deseas —habló el hombre de la ventana—, pero no se abrirá.
Me di la vuelta de inmediato y me pegué contra la puerta.
—¿¡Quién eres!? —Mi respiración era agitada. Apreté los dedos con fuerza para contener el temblor de mis manos.
—Creo que saber quién soy es el menor de tus problemas, Patricia. —Finalmente, se dio la vuelta.
Y, Dios… No era para nada como lo imaginé. Era alto. Muy alto. Tenía un cuerpo atlético, ancho de hombros, con el aura de alguien que boxeaba quizás en su tiempo libre. Pero su rostro... parecía salido de otro mundo.
Demasiado perfecto.
Pero no era eso lo que daba miedo. Era la forma en que miraba. Fría. Tranquila. Como si pudiera destruir algo sin siquiera alterarse. La tenue luz de la ciudad iluminó mejor su rostro y sentí cómo el aire abandonaba mis pulmones.
«No podía ser.»
—No me jodas… —Susurré.
Lo reconocí al instante: Viktor Dargan. Ese hombre aparecía en todas partes. Empresario. Millonario. Influyente. Y rodeado de rumores horribles.
—¿No piensas acercarte? —preguntó con calma—. Tranquila, no muerdo.
—Quiero regresar a mi casa —logré decir con la voz apenas audible.
Viktor bajó ligeramente la cabeza y soltó una pequeña risa cargada de ironía.
—Me temo que eso no será posible, Patricia. Al menos no por ahora.
Dio un paso hacia mí. Mi cuerpo se tensó inmediatamente contra la puerta.
Él lo notó. Y se detuvo.
Retrocedió el paso que estaba a punto de dar.
—Supongo que debes tener muchas preguntas —dijo con tranquilidad—. ¿Por qué no te sientas? Será más fácil hablar así.
Señaló la mesa cerca de la sala. Miré la silla en silencio, dudando.
—No tienes que preocuparte —continuó—. No voy a hacerte nada que no quieras.
Alcé una ceja.
«¿Qué clase de hombre decía algo así después de secuestrar a alguien?»
Apreté los labios y avancé lentamente hacia la mesa. Tomé asiento con cuidado, vigilando cada movimiento suyo.
Viktor hizo lo mismo, sentándose al otro extremo. Entrelazó las manos sobre la mesa sin apartar los ojos de mí.
El silencio se volvió incómodo demasiado rápido.
—Quiero saber quién eres realmente —solté finalmente.
Él arqueó una ceja. —Eso depende de a quién le preguntes.
—¿Eres un criminal?
La esquina de sus labios se levantó apenas. —Decir que soy un criminal suena exagerado. Digamos que solo manejo ciertos negocios.
—¿Negocios? Sales en las noticias todo el tiempo. Sobornas políticos y destruyes a cualquiera que se meta en tu camino.
—¿Y eso automáticamente me convierte en un criminal?
—Sobornar es ilegal.
—Tal vez. —Se encogió de hombros.
Su calma comenzaba a desesperarme.
—Pero no estamos aquí para hablar de mí, ¿verdad?
Mis dedos se cerraron con fuerza sobre el saco negro.
—¿Por qué me trajeron aquí?
—Tu hermano me debe dinero. Mucho dinero.
—Ya les dije a tus hombres que podemos pagarlo. Solo necesitamos tiempo.
—Ese es precisamente el problema —respondió tranquilamente, reclinándose sobre la silla—. No me gusta esperar.
Inhalé aire lentamente. —Entonces, ¿qué quiere de mí? —pregunté con rabia contenida—. ¿Que me acueste contigo para saldar la deuda? ¡¿Eso es lo que buscas?!
Los ojos de Viktor bajaron apenas hacia mi escote antes de volver a mi rostro, y ese pequeño gesto hizo que me tensara.
—La deuda no es tuya, Patricia. Es de tu hermano. Pero, lamentablemente, sus errores también te arrastran a ti.
Se inclinó apenas hacia adelante. —Y no, no quiero acostarme contigo. —Hizo una pausa. —Aunque admito que eres difícil de ignorar.
Sentí calor en las mejillas y ajusté rápidamente el saco sobre mi pecho.
«Maldito desgraciado.»
—Pero sí hay una manera de pagar esa deuda, Patricia.
Esperé callada su oferta.
—Quiero que finjas ser mi prometida.
Fruncí el ceño, «¿oí mal?» —¿Perdón? —solté una risita irónica, porque la situación me parecía eso. —Creo que no escuché bien. —Sacudí la cabeza y me sobé la frente. —Creí escuchar que dijo que quería que fuera su prometida.
—Eso dije, señorita Patricia —dijo con el tono serio; hablaba muy en serio.
Esquivé la mirada. —Esto tiene que ser una broma —solté un suspiro pesado.
—Si lo fuera, usted no estaría aquí, en mi mesa.
Solté un gesto de duda. —Oiga, ¿y cómo por qué yo querría ser su prometida, ya que habla tan en serio?
—Sé perfectamente que usted no desea nada de esto. Pero también sé que usted me necesita.
—¿Cómo sabes tanto de mí?
—Porque te investigué.
Un escalofrío recorrió mi espalda. —Eso da miedo. —Me levanté abruptamente de la silla y caminé hasta la puerta. Intenté abrirla otra vez, seguía cerrada. Me giré hacia él. —Quiero irme. No quiero estar aquí.
—Lamento no poder cumplir ese deseo.
Viktor se levantó lentamente y comenzó a caminar hacia mí.
—¡No se mueva! —levanté la mano temblorosamente—. ¡Quédese ahí!
Él se detuvo inmediatamente y alzó ambas manos con calma.
—No quiero lastimarte.
—Usted no sabe nada de mí.
—Te sorprendería saber cuánto sé.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—Y sé perfectamente que, si sales por esa puerta ahora mismo, estarás en peligro.
—¡Estoy en peligro aquí con usted! —grité desesperada—. ¡Así que quiero irme!







