Alessandro
El olor a salitre y pólvora de Montenegro todavía se me pegaba a la piel, un rastro amargo de una semana que pasé en las sombras de los Balcanes arreglando deudas que solo se pagan con plomo. Crucé el umbral de la mansión con la mandíbula tan apretada que me dolían los dientes, buscando el maldito alivio de verla. Pero me recibió el silencio.
Un silencio frío, pesado, que me recorrió la columna como una amenaza. Recorrí la planta baja, el despacho, el salón. Nada. La casa estaba jodi