El sonido constante de los teclados y las impresoras llenaba la oficina con esa especie de música monótona que, curiosamente, a mí me ayudaba a concentrarme.
Tenía varias carpetas abiertas sobre el escritorio y estaba revisando unos planos cuando Laura pasó por mi lado con una taza de café en la mano.
—Hoy sí viniste concentrada —comentó.
Le sonreí sin levantar mucho la vista.
—Si no lo hago, estos números se van a rebelar.
Ella soltó una pequeña risa y se apoyó en el borde de mi escritorio.
—¿