Regresé a casa cuando el cielo comenzaba a teñirse de un naranja cansado. El día había sido largo, pero increíble. Daniel no dejó de reír ni un segundo en Gardaland, y ver su sonrisa fue como un bálsamo para todo lo que últimamente pesaba en mi pecho. Mamá también disfrutó, aunque se notaba agotada. No recordaba la última vez que habíamos pasado un día así: juntos, sin pensar en hospitales, dinero o responsabilidades. Solo… viviendo.
Pero en cuanto el auto se detuvo frente a la mansión, esa paz