La casa estaba demasiado silenciosa.
El tipo de silencio que no es paz, sino espera.
Isabella estaba arriba, en su habitación. Yo había vuelto temprano, cosa que casi nunca hago. No porque tuviera tiempo, sino porque necesitaba verla. A veces ni yo entiendo por qué. Quizás porque cuando ella está cerca, todo lo demás —negocios, sangre, control— se vuelve ruido.
Le dejé una nota en el comedor:
“Cenamos juntos esta noche.”
Nada más.
No necesitaba adornarlo.
Cuando bajó, el reloj marcaba las ocho