El silencio tenía otro sabor cuando Alessandro no estaba.
La casa seguía igual: los pasillos impecables, el aroma del café cada mañana, los mismos guardias cambiando turno en la entrada. Pero todo parecía más… liviano.
Quizá porque no tenía que medir cada palabra ni adivinar qué pensaba él detrás de esa mirada fría.
Me levanté temprano y me alisté para ir a la empresa. Afuera, Axel ya me esperaba, puntual como siempre. Desde que Alessandro se fue, él se había vuelto casi una sombra protectora,