Me desperté antes que el sol, algo que no era raro en mí… pero sí la razón por la que había abierto los ojos tan temprano.
No fue un ruido.
No fue una alarma.
Fue ella.
Isabella estaba dormida a mi lado, apenas envuelta en la sábana, respirando suave, y por un instante me quedé observándola sin querer moverme. La luz tenue que entraba por la ventana iluminaba su mejilla, y pensé —por primera vez en mucho tiempo— que podía acostumbrarme a esto.
A despertar así.
Y justamente cuando estaba por moverme, sonó el teléfono.
Perfecto.
La realidad nunca dejaba de recordarme quién era.
Tomé el celular sin molestar a Isabella.
Llamada entrante: Marco.
Suspiro.
Contesté.
—¿Qué quieres tan temprano? —dije en voz baja, saliendo de la habitación.
Marco soltó una risa ronca, como si llevara horas despierto.
—Bueno, bueno… miren quién responde con voz de poeta enamorado.
—Marco —advertí.
—Niégalo —respondió él, divertido—. Tienes voz como si hubieras dormido abrazado de un peluche.
Rodé los ojos.
Siem