Esa tarde, cuando el sol comenzaba a ocultarse, Ulva regresaba del arroyo cuando se encontró con Fenrir de pie, apoyado en una lanza como bastón. Su figura seguía fuerte, aunque el dolor en su espalda era evidente. La miró con los ojos que una vez le pertenecieron en cuerpo y alma.
—Camina conmigo —dijo él, sin pedir permiso ni suplicar. Ella lo siguió. El silencio entre ellos era espeso, lleno de recuerdos. Cruzaron el bosque hasta llegar al río donde se habían visto por primera vez. Aún estab