Cuatro años después
El claro sagrado había cambiado.
Ya no era solo un espacio de reunión, sino un santuario. Allí crecían flores que no existían en ningún otro rincón del bosque. Las piedras tenían grabados antiguos, con los nombres de los caídos y los pactos de paz. El altar central brillaba con luz plateada cada luna llena, como si la misma diosa se asomara a mirar a su descendencia.
Y entre todos los presentes, una figura destacaba con fuerza salvaje y ternura innata.
—¡Aenor! —gritó una vo