Estefanía casi no podía ver nada. Sus ojos empañados le imposibilitaban la visión.
Fue vagamente consciente de alzar la mano para parar a un taxi. Se subió encogiéndose en sí misma en el asiento trasero.
—¿A dónde, señorita? —preguntó el conductor.
Pensó en sus opciones ahora que él la había despreciado.
Algo le decía que no quería volver a verla, pero no podía renunciar a estar a su lado.
Javier, todavía los unía.
Pero no era solo Javier. Había otro lazo. Uno que se había estado formando en