Estefanía siguió a Javier hasta la recámara, solo para que el chico le cerrara la puerta de lleno en la cara.—¡Javier, abre, por favor! —suplicó aferrándose a la perilla, mientras sus piernas se debilitaban.Giró el metal con desespero una, dos, tres veces, pero el seguro bloqueaba cualquier intento. Sin embargo, no se rindió.—¡Javier, te lo pido, escúchame un momento!En este punto no sabía qué iba a decirle. Solo sabía que no quería volver a ver la decepción en sus ojos. No lo soportaba.Se tocó el pecho con una mano, mientras que la otra golpeaba la madera con la palma.Los segundos transcurrieron y no se escuchaba ni un solo sonido proveniente del interior. Lo único que se oía era su propia respiración agitada, aquel lamento silencioso que le sacudía el pecho. Comprendió entonces que no obtendría respuesta y las pocas fuerzas que le quedaban en el cuerpo se esfumaron por completo.Su espalda se apoyó contra la superficie de la puerta y comenzó a deslizarse lentamente hacia aba
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