El último rastro de la pesadilla se desvaneció con el primer rayo de sol. Harper se quedó quieta, su cabeza aún recostada en el borde de la camilla. El silencio de la madrugada hospitalaria era profundo, roto solo por el pitido regular de los monitores de Damon.
Lentamente, la niebla de su sueño se disipó, dejando una resaca de miedo y una conciencia aguda de su entorno. Sintió la suavidad del cabello de Damon en su nuca, y su mano, que se había entrelazado con la de él, fue un ancla cálida que