El estudio de Damon Kóvach era una habitación de cuero oscuro y ébano, un lugar donde el poder olía a whisky añejo y a decisiones irreversibles. Ahora mismo, sin embargo, olía a ceniza fría y a la frustración de un hombre que se sentía acorralado.
Harper, estaba oficialmente a salvo bajo su techo, pero las palabras del detective Vaughn, pronunciadas más temprano, seguían resonando en los ventanales blindados del despacho:
— Esta persona, el atacante no siente temor, se atrevió a arremeter contr