—¿Qué sigue? —preguntó Lucía, su voz un hilo de ansiedad en el silencio cargado del recibidor—. ¿Qué hacemos ahora?
Damián seguía inmóvil, procesando el golpe. La noticia de que su propio jefe, el hombre que le había dado las órdenes durante cuatro años, era en realidad el cerebro de la organización que él creía estar desmantelando, era un terremoto que acababa de destruir todo su mundo. Respiró hondo, forzándose a pensar.
—Lo primero —dijo, y su voz sonaba extrañamente calmada— es asegurar tu USB. Esa copia es ahora nuestra única garantía. Es el único elemento que ellos no controlan.
—¿Y luego? —insistió Lucía, acercándose— ¿Volveremos a Vanguard? ¿No crees que debemos escapar, o ir a la policía?
—A la policía no —negó Damián con firmeza—. Si el director de la ANI está metido en esto, tiene influencia en todas las agencias. Una denuncia nuestra no llegaría a ningún lado, o peor, nos entregaría directamente a él. Y escapar ahora, sin plan, sin recursos y con ellos alertas por la entre