El aire frío de la escalera de emergencia les golpeó el rostro. Corrieron hacia abajo, los pasos resonando en el hueco de cemento. El edificio de Damián era alto, de más de veinte pisos. Llevaban solo cinco plantas descendidas cuando una figura salió de la puerta de acceso al piso doce, bloqueándoles el camino.
Era Adrián. Pero no con su sonrisa de siempre. Tenía el rostro serio, los ojos fríos, y una pistola en la mano, apuntando al suelo.
—Hasta aquí —dijo, y su voz era plana, profesional.
—Adrián… —murmuró Lucía, con el corazón en un puño.
—Cállate y escucha, Lucía —cortó él, sin dejar de mirar a Damián, quien se había puesto delante de ella—. Tú eres inocente. No tienes idea de lo que ha hecho este hombre. No dejes que te arrastre con él. Ven conmigo.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Lucía, confundida.
—Soy de la ANI —reveló Adrián, clavando los ojos en ella—. He estado dentro vigilando a Rojas. Mi misión siempre fue controlarlo a él. Los Vance eran solo una parte del problema.