A las 5:00 pAM, el sonido de una voz baja, pero no un susurro, despertó a Lucía. Damián estaba sentado al borde de la cama, con el teléfono desechable pegado a la oreja. La luz gris del amanecer apenas esbozaba su perfil.
—Sí, ya estamos listos —decía él, con naturalidad, como si concertara una reunión de trabajo—. En el punto que acordamos. En una hora. Nos vemos entonces.
Colgó. No eran códigos dramáticos, pero lo escueto en su diálogo era en sí mismo una clave. Lucía se incorporó, envuelta en la sábana áspera del motel.
—¿Qué pasa?
—Nos vamos. Levántate y recoge todo. No dejes nada —fue su única explicación.
A las 6 AM en punto, con una precisión que era inquietante, un SUV Volkswagen Tiguan de color gris oscuro se detuvo frente a su puerta. Sin distintivos, sin lujos. Lucía subió, la mochila con sus pocas pertenencias apretada contra el pecho, la USB oculta en un pequeño bolsillo cosido dentro de su jeans. Damián se sentó al frente, junto al conductor, un hombre anodino que n