A las 5:00 pAM, el sonido de una voz baja, pero no un susurro, despertó a Lucía. Damián estaba sentado al borde de la cama, con el teléfono desechable pegado a la oreja. La luz gris del amanecer apenas esbozaba su perfil.
—Sí, ya estamos listos —decía él, con naturalidad, como si concertara una reunión de trabajo—. En el punto que acordamos. En una hora. Nos vemos entonces.
Colgó. No eran códigos dramáticos, pero lo escueto en su diálogo era en sí mismo una clave. Lucía se incorporó, envuelta