Lucía miraba a Vijay, luego a Damián, tratando de procesar la información. La naturalidad con la que este hombre de rasgos árabes manejaba conceptos de criptografía avanzada, identidades falsas y élites financieras criminales era abrumadora. No cuadraba con el recuerdo del compañero de facultad algo desaliñado y fanático de los videojuegos.
Damián, percibiendo su confusión, se acercó. Su tono era bajo, solo para ella.
—Vijay no es exactamente el compañero de escuela que recuerdas—explicó—. Es, sin modestia alguna, uno de los mejores hackers del mundo. Los bancos centrales tienen pesadillas con seudónimos que él usaba.
Vijay soltó una risa breve.
—Hace unos años,tuve que salir de Marruecos... rápido. Alguien había puesto un precio muy alto por mi cabeza. Llegué a España con una bala alojada cerca de la cadera y medio desangrado. —Su mirada se volvió seria al posarse en Damián—. Él me encontró. No preguntes cómo. Me llevó a un sitio seguro, consiguió un médico discreto y me dejó reponer