La fachada del bar era modesta, de esas que pasan desapercibidas en una calle lateral del centro de Madrid. El aire olía a cerveza rancia y lejía. Damián, con una gorra de baseball calada hasta las cejas y unas gafas de pasta que le ocultaban el rostro, se acercó a la barra donde un hombre fornido, con los nudillos tatuados y una mirada cansada, secaba un vaso.
—Agustín García? —preguntó Damián, apoyando un codo en la barra.
El hombre ni siquiera alzó la vista. —No lo conozco. Lo siento.
—Mmm..