Romano tenía clavada la mirada en la maleta a mis pies. Yo también la miré. ¿Estaba siendo exagerada? No. Él me había ocultado algo importante. Mis dudas eran racionales. ¿Se arrepentía de ello?
—Por favor. Hablemos.
Apreté los puños. Él se levantó de la silla y caminó acortando nuestra distancia. Apenas unos centímetros separaban nuestros cuerpos. Un paso más y estaríamos pegados. Romano acercó su mano a mi rostro y lo acarició la mejilla.
—No hay ninguna otra mujer en mi cabeza. Todo lo demás