Mundo ficciónIniciar sesiónLlegó el día de la verdad: la cita con la oncóloga para conocer los resultados de la biopsia. Todo noviembre fue un túnel oscuro de ansiedad; no podía dejar de darle vueltas a lo que vendría. Tenía miedo, un miedo real y paralizante.
Mi madre estaba allí, sosteniendo mi mano, tal como mi abuela lo hizo el día de la punción. Y Teo... Teo no se movió de mi lado ni un solo segundo. En momentos así, uno aprende a valorar el peso de quienes eligen quedarse cuando el mundo parece desmoronarse.
El hospital me asfixia. No es un servicio gratuito y, aun así, la espera es una tortura. Cuatro horas sentadas en esa sala para una consulta que no duró ni veinte minutos. Mi madre y yo hablábamos de cosas triviales, intentando engañar a los nervios, pero el cansancio pesaba más que las palabras.
Finalmente, fue mi turno. Me dije a mí misma que, fuera lo que fuera, tenía que ser valiente.
La doctora tecleaba en su computadora mientras el silencio se volvía eterno. —Bien —dijo al fin—. No hay malignidad, pero debemos retirar el nódulo. No es una cirugía de emergencia, pero hay que programarla.
La operación quedó fijada para dos meses después: el 29 de enero. Sería algo ambulatorio. Nos dieron las indicaciones sobre los costos y el procedimiento, y salimos a buscar a Teo para contarle la noticia. Empezamos el camino de regreso, esos cuarenta y cinco minutos de carretera que me separaban de casa.
"Gracias, Dios", pensé. Aunque sabía que al extraer el nódulo harían otra biopsia y que esta agonía aún no terminaba del todo, sentí un alivio inmenso. La vida es dura, es un proceso constante de resistencia.
Me detuve a pensar que, si me hubiera ido a vivir con Ángel, probablemente habría descuidado mi salud por completo. Dios sabe por qué hace las cosas; gracias a Él, estoy enfrentando esto a tiempo.
Buscando algo en mis notas, tropecé con un viejo pensamiento que escribí para él:
"Le dije que me moría por él y me respondió: 'Pues aún no te has muerto'. Lo que él no sabe es que, sin él, estoy muerta en vida; que su ausencia me tiene en una oscuridad profunda". 💔
Lo amaba tanto que sentía que mi existencia dependía de la suya. Pero vuelvo a mi realidad: ya no lloro tan seguido. Solo cuando la nostalgia toca mi puerta sin permiso. Él sigue en mis pensamientos, pero el dolor ya no quema con la misma ferocidad.
Pasaron los días. Una tarde, mientras me alistaba para ir al parque con Teo, él volvió a la carga. No perdía oportunidad para insistir en que debíamos volver formalmente. Su insistencia me irritaba, así que decidí ser brutalmente honesta.
—No tengo sentimientos románticos por ti —le dije mirándolo a los ojos—. Pero después de todo lo que ha pasado, y viendo que no has soltado mi mano, quiero intentarlo. Quiero estabilidad, quiero un hogar y, sobre todo, quiero tranquilidad.
Él aceptó, repitiendo las mismas promesas de siempre. Desde ese día, empezó a quedarse en casa conmigo. Retomamos esa relación de hace año y medio. Con el tiempo, me fui acostumbrando a su presencia constante, aunque en el fondo me sentía aburrida. Tenía claro que, si el hombre que amaba no era Ángel, preferiría estar sola.
Pero la tranquilidad era un espejismo. —Ya veo que no tienes ganas —dijo él un día, furioso. —Toma tu decisión —le respondí, irritada—. Sabes que no tengo apetito sexual. —¡Es conmigo con quien no tienes ganas! —reprochó.
—Sabías que sería así y aun así quisiste intentarlo —le recriminé—. No es justo que me hagas problemas por esto ahora. Deberías valorar el estar aquí, abrazados viendo una película, y no pensar solo en sexo. Dame tiempo.
—¿Cuánto tiempo más? —preguntó, y sentí una rabia inmensa. Él sabía que yo no lograba sentirme bien en la intimidad con él; incluso me dolía, era algo físico que no podía controlar. Se levantó furioso y se fue, arruinando un momento que era pacífico. Me presiona con el sexo, y si cedemos, se enoja porque nota que no lo disfruto.
Recordé que esto empezó mucho antes de nuestra primera separación. Él creía que yo tenía un amante y se cerró en esa idea. Fui al ginecólogo, usé lubricantes, pero el problema no era físico. Lo descubrí cuando conocí a Ángel: con él, todo fluía. Mi falta de deseo con Teo era un bloqueo emocional, una respuesta a nuestros problemas acumulados. Un año y medio después, el dolor y la apatía seguían ahí, grabados en mi cuerpo.
Una noche, mientras dormía, sentí que entró y se sentó en la cama. Estaba borracho. Se había quedado bebiendo solo en la sala, alimentando sus propios demonios. Entre discusiones y disparates, finalmente se durmió.
A pesar de todo, mi vida seguía un curso más tranquilo. Ya no era la chica que salía a beber; me alejé de amistades que no entendían mi proceso. Mi mundo se redujo a vueltas en el carro con Teo y conversaciones pausadas. Estaba poniendo de mi parte.
Sin embargo, me sentía atrapada en el mismo patrón de hace años: él repartiendo su tiempo entre mi casa y la suya por su hija. Le insistí, como antaño, que vendiera esa casa, que lucháramos por vivir juntos de verdad. Pero él siempre ha sido lento para decidir.
Recordé las humillaciones de su hermana, que me llamó "mujer de paso". Pero esta vez, fui clara con él: —Ya no soy la ingenua de antes. Esta vez seré egoísta y no me importará nada más que mi paz.
Se acercaba Navidad y, por primera vez, sentía ilusión. Sus hijas pasarían con sus novios, así que quizás, después de cuatro años, no tendría que esperar hasta la una de la mañana para verlo después de que él cenara con su familia. Mi familia planeaba una fiesta en pijamas, todos combinados por colores.
Aunque no estoy enamorada de Teo, sentía que las piezas encajaban. Me sentía tranquila, cómoda en las reuniones familiares. De alguna forma, sentía que estaba volviendo a ser yo: la Mayleen de antes, recuperando su centro.







