Septiembre.Se cumplía un año desde la primera vez que él me rompió el alma. Hoy, con la claridad que da el desengaño, sé que nunca debí volver a mirarlo a los ojos después de aquel mes. Me arrepiento de cada humillación aceptada, pero, maldita sea, sigo aferrada al fantasma de los buenos momentos como quien busca oro en las cenizas. Es un dilema que no me suelta.—¡Tonta! ¡Mil veces tonta! —me grita mi subconsciente.Él iba y venía porque sabía que tú serías siempre su puerto seguro. No merece ni un segundo de tu insomnio.Aún no lograba encontrar empleo. Gracias a la ayuda de Teo, mi ex, lograba mantenerme a flote; él seguía aferrado a la idea de que, algún día, yo volvería a sus brazos. Estuvimos juntos cuatro años, una relación marcada por su incapacidad de poner límites a sus hijas, a su ex y a su propia familia. Yo quise construir un hogar con él, buscando estabilidad en un hombre mayor que yo por veinticinco años, esperando que su madurez compensara mi falta de amor, pues nunca
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