Llegó la Nochebuena y, con ella, una calidez hogareña que no sentía hace mucho. Me puse el conjunto de terciopelo color lila que habíamos elegido para mi familia. Al mirarme al espejo, noté que mi rostro, aunque aún marcado por la palidez de quien arrastra una larga enfermedad, se veía más despejado. La hinchazón del llanto y el alcohol había cedido ante la disciplina de mis cuidados.Teo estaba en la sala, sosteniendo un vaso de soda con hielo. Me miró con un brillo de deseo que no pudo ocultar, pero yo, por puro instinto, me ajusté el cuello de la pijama. Ese rechazo visceral seguía ahí, como un muro de cristal que nos separaba a pesar de compartir el mismo techo y de su actitud inusualmente dócil.—Esta noche, ¿de verdad te quedas? —le pregunté, buscando un poco de esa paz festiva.—Me quedo. Mis hijas se fueron con sus novios —respondió tomándome la mano. Sus palmas eran gruesas y cálidas, pero ese calor no lograba filtrarse hasta mi corazón. Pensé en las palabras de mi ex suegra,
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