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Capítulo 3:Septiembre: La Clemencia del Caos

Septiembre. Se cumplía un año desde la primera vez que él me rompió el alma. Hoy, con la claridad que da el desengaño, sé que nunca debí volver a mirarlo a los ojos después de aquel mes. Me arrepiento de cada humillación aceptada, pero, maldita sea, sigo aferrada al fantasma de los buenos momentos como quien busca oro en las cenizas. Es un dilema que no me suelta.

—¡Tonta! ¡Mil veces tonta! —me grita mi subconsciente. Él iba y venía porque sabía que tú serías siempre su puerto seguro. No merece ni un segundo de tu insomnio.

Aún no lograba encontrar empleo. Gracias a la ayuda de Teo, mi ex, lograba mantenerme a flote; él seguía aferrado a la idea de que, algún día, yo volvería a sus brazos. Estuvimos juntos cuatro años, una relación marcada por su incapacidad de poner límites a sus hijas, a su ex y a su propia familia. Yo quise construir un hogar con él, buscando estabilidad en un hombre mayor que yo por veinticinco años, esperando que su madurez compensara mi falta de amor, pues nunca pude arrancar a Carlos de mi memoria. Pero él nunca se decidió, y un día me cansé de esperar. Huí de esa relación tormentosa solo para caer en los brazos de Ángel.

—Me fue peor —me río con una amargura que quema por dentro. A pesar de todo, Teo siempre fue un hombre responsable y su mano seguía extendida para mí en medio de mis naufragios económicos.

Ahora, emprendía vendiendo hamburguesas en el local de mis padres. Me había mudado a una casita nueva, en un conjunto familiar donde vivirían también mis padres y mi hermano. No fue una mudanza por elección, sino por necesidad, pero ahora agradezco ese giro del destino. Ya no me sentía sola. Estar cerca de ellos era mi única medicina contra la depresión y la ansiedad que me devoraban. Mantener la casa en orden y cocinar para mí misma me devolvió una paz que creía perdida.

También vendía productos de sex shop, aunque las ventas eran ínfimas. Sin Teo, no habría podido ni pagar el techo que me cobijaba. "Ojalá pudiera volver a quererlo", pensaba con culpa. Quizás esta vez, las cosas serían distintas.

Llegó el día de mi cita ginecológica anual. El año pasado detectaron un pequeño quiste y me recetaron vitamina E, que nunca compré. Durante la ecografía, el rostro de la doctora cambió. Empezó a observar el "quiste" con una fijeza que me heló la sangre. Llamó a otro médico para confirmar lo que veía.

—¿Tienes familiares con cáncer de mama? —preguntó el médico, con una frialdad quirúrgica. —No —respondí, dudando de mis propios recuerdos. —¿No, o es que no lo sabes? —su tono me irritó. —No, o al menos nadie se ha enterado —le espeté con desdén.

—Tienes un BIRADS 4 —explicó. Mis pensamientos se sumergieron bajo el agua, solo alcancé a escuchar: "Es un tumor con probabilidad maligna. Puede ser cáncer". Me quedé petrificada. Había que hacer una biopsia por punción. Salí de allí y, en la soledad del taxi, el llanto me desbordó. No sabía qué camino tomar.

Días después: El duelo del alma

¿Qué tienes, septiembre? Llevas dos años seguidos Arrancándome el alma. Me perdí tanto a mí misma Que terminé descuidándote.

Solo Dios sabe cuánto te amé, Titán de mi vida, Nunca te olvidaré. Hoy mi corazón está de luto, Mi gatito, mi amor, Ya no dormirás conmigo.

Estuviste a mi lado cinco años. Para algunos es mucho, para mí es un suspiro. Te pedí que te quedaras veinte años, Pero hoy me dejas sola, sin tus masajes. Perdóname por encerrarme en mi propio abismo, Perdóname por no haber podido darte más. Me duele el alma, mi bebé.

Sí, ¡septiembre me odia! Perdí a mi gatito un 27 de septiembre y, tres días después, sufrí un accidente automovilístico con unos amigos. Sangré tanto que creí que me coserían, pero por suerte no fue necesario. Sin embargo, el golpe en la cabeza me dejó sumida en un dolor insoportable durante días.

Una semana después, el dolor en el cuello era intolerable y fui a ver a una amiga de mi mamá, una médico excelente. Ese fue el inicio de mi metamorfosis. Tenía que empezar a subir, porque ya había tocado el fondo más oscuro.

Es como si este mes Dios se hubiera manifestado para hacerme entender que la prioridad debo ser yo. Hay situaciones en la vida que duelen mil veces más que perder a un hombre que no vale la pena.

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