Capítulo 2

Llevaba un mes sumergida en un abismo de trabajo y alcohol. Había perdido al hombre que amaba, me había distanciado de amistades que valoraba y ya ni el licor más fuerte lograba anestesiar aquel dolor punzante. Ya ni siquiera disfrutaba de salir; me sentía como un robot, moviéndome solo para apaciguar el tormento. Estaba muerta en vida y el trabajo… el trabajo me estaba asfixiando.

El tema del ascenso me tenía colapsada. Llevaba tres meses ejerciendo funciones de gerente con un sueldo de administradora. Reuniones, capacitaciones y una disponibilidad absoluta que ni en mis días libres me daba tregua. Salía de casa al amanecer y regresaba casi a medianoche; esa era mi asfixiante rutina.

—Te traje desayuno, perra —me dijo un amigo del trabajo, mi confidente gay—. Come, para que tengas fuerzas para putear.

Lo quería mucho, era mi gran apoyo, aunque últimamente actuaba de forma extraña por un chico que me estaba coqueteando y que, al parecer, a él también le gustaba.

Días después

Estaba en casa, furiosa. Ese fin de semana me correspondía descanso, pero me obligaron a doblar turno otra vez. Se quejaban constantemente de mi compañero administrador, pero lo premiaban dándole el fin de semana libre mientras a mí me castigaban con turnos dobles. ¿Era una represalia contra mí?

A las 12:30 a. m., sonó un número desconocido. —¡Holaaa! Vamos a beber —escuché una voz familiar—. Avisa para ir a buscarte. —Tengo que doblar mañana —le respondí a Mariana, una compañera. —Jefecita hermosa —intervino otra voz, era Jesús, el chico que llevaba tiempo coqueteándome—, vamos, anímese.

La verdad, necesitaba una distracción con urgencia. —Está bien —cedí—. No tarden, que me duermo.

Esa noche, entre tragos y neblina emocional, me besé con Jesús. Me gustaba, pero había intentado ignorarlo por ser un entorno laboral. Al día siguiente, me vi obligada a presentar mi renuncia. Mi "amigo" me había traicionado: le llevó el chisme a una de mis jefas sobre mi supuesto romance con Jesús.

Justo esa jefa, que era lesbiana, me tenía antipatía. Desde que me conoció le había parecido "simpática", pero ante mi falta de interés, empezó a perjudicarme criticando cada detalle de mi labor. No tenía estabilidad emocional para soportar más presión. Me sentía fuera de lugar; sentía que debía estar con el hombre que amaba y no en ese entorno hostil. Ya nada se sentía como mi hogar, ni mi casa ni mi habitación. Cada noche sentía que me hundía un poco más.

Tres meses después 

Vivía en modo automático. —Estás desconfiando de mí otra vez —dije en una videollamada—. Parece que buscas cualquier excusa para pelear y alejarte. Lo creía de verdad. Era 14 de febrero y supuse que Angel buscaba un pretexto para volver con ella.

—Solo quiero ver dónde estás —insistía él—. Enfoca bien la cámara. —Estoy en el Hiper Market, acabo de salir de trabajar. ¿Por qué no muestras dónde estás tú? Se escucha mucho ruido. Él solo se reía y no mostraba nada. Yo estaba perdiendo la paciencia. —¡Enséñame ya! —repetí.

De pronto, sentí a alguien detrás de mí. Al girarme, era él. Tenía una rosa en las manos y una sonrisa llena de ilusión. Parecíamos una escena de película; nos abrazamos y besamos como si hubieran pasado años, cuando solo habían pasado cuatro días.

Estaba en shock. Había viajado solo para pasar San Valentín conmigo. Ese día me obligó a comprar más cosas de las habituales y él pagó la cuenta. Pensé, ingenuamente, que esta vez iba en serio.

Hoy, las lágrimas desbordan mis mejillas al recordar aquello. No entiendo cómo pudo darme tanta felicidad para luego dejarme así. No hay día que no llore su ausencia. Extrañarlo se siente como arder en llamas vivas.

Mi vida quedó vacía. Estar sexualmente con Jesús o con Arturo (un ex de la escuela) era solo un recordatorio de mi propia muerte emocional. Con el tiempo me quedé solo con Arturo, pero solo por placer; no quería nada romántico con nadie. Ambos eran buenos en lo que hacían, pero yo me sentía una traidora: sentía que engañaba al único hombre con el que deseaba estar. Me sentía suya, aunque yo para él nunca importé.

Dos meses después 

Después de tanto tiempo, sentí una pequeña chispa de ilusión. Iba a reencontrarme con Carlos, un ex al que no veía hace seis años. Lo quise mucho, pero se fue del país. Pasaron cinco años hasta que volví a enamorarme de Ángel, y creí que Carlos sería mi cura.

Pero me equivoqué. Carlos seguía siendo alguien atractivo, pero la conexión se había evaporado. No dejaba de pensar en Ángel. Desde que lo conocí, es como si nadie más pudiera existir; es una obsesión que me devora.

Cada intento de avanzar solo me confirma lo mismo: sigo siendo un cadáver que camina, una muerta en vida.

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