Capítulo 6

Llegó la Nochebuena y, con ella, una calidez hogareña que no sentía hace mucho. Me puse el conjunto de terciopelo color lila que habíamos elegido para mi familia. Al mirarme al espejo, noté que mi rostro, aunque aún marcado por la palidez de quien arrastra una larga enfermedad, se veía más despejado. La hinchazón del llanto y el alcohol había cedido ante la disciplina de mis cuidados.

Teo estaba en la sala, sosteniendo un vaso de soda con hielo. Me miró con un brillo de deseo que no pudo ocultar, pero yo, por puro instinto, me ajusté el cuello de la pijama. Ese rechazo visceral seguía ahí, como un muro de cristal que nos separaba a pesar de compartir el mismo techo y de su actitud inusualmente dócil.

—Esta noche, ¿de verdad te quedas? —le pregunté, buscando un poco de esa paz festiva.

—Me quedo. Mis hijas se fueron con sus novios —respondió tomándome la mano. Sus palmas eran gruesas y cálidas, pero ese calor no lograba filtrarse hasta mi corazón. Pensé en las palabras de mi ex suegra, en aquel William que nunca conocí. ¿Realmente buscaba estabilidad o solo me estaba construyendo mi propia jaula de oro?

Al llegar la madrugada, el bullicio cesó. Me acosté sola; Teo dormía en la otra habitación bajo la excusa de que yo necesitaba reposo absoluto antes de la cirugía para evitar la presión sexual. En la oscuridad, la ansiedad regresó como una marea silenciosa. La operación, el nódulo, la sombra del cáncer y un año entero de engaños se convirtieron en una mano invisible que me apretaba la garganta.

Justo cuando sentía que el aire me faltaba, percibí un leve hundimiento en los pies de la cama.

Era una sensación inconfundible: el tacto suave de unas almohadillas caminando sobre el edredón.

—¿Titán? —susurré, conteniendo el aliento.

Una silueta casi invisible, envuelta en un aura tenue, apareció sobre la manta. Era mi gatito. Se veía majestuoso, como el guardián que siempre fue. Caminó lentamente sobre mi cuerpo hasta detenerse justo sobre mi pecho, en el lugar exacto donde crecía el nódulo.

Escuché su ronroneo, ese sonido vibrante y sanador que tanto extrañaba. Sentí una energía fresca filtrarse en mi piel, calmando el dolor sordo de la zona. Se inclinó y rozó mi barbilla con su hocico frío pero suave, como diciéndome: "No temas, estoy aquí".

Las lágrimas rodaron por mis mejillas. En ese instante, comprendí algo profundo: quizás Titán se fue en septiembre porque no soportaba verme mendigar amor a un hombre que no valía nada. Quizás su partida fue el sacrificio necesario para que yo despertara, y esta enfermedad, el grito final de mi cuerpo pidiendo atención.

"Si incluso un animal supo amarme con tanta entrega, ¿por qué insisto en conformarme con relaciones llenas de migajas, presiones y mentiras?"

Ese pensamiento fue una semilla que rompió la tierra en lo más profundo de mi ser.

A la mañana siguiente, la luz del sol inundó la habitación. Titán ya no estaba, pero la sensación de haber sido sanada permanecía. Bajé y encontré a Teo en la cocina, hablando de nuevo sobre sus planes de vender la casa, esas promesas que llevaban cuatro años siendo solo humo. Antes, aquello me habría causado ansiedad; ahora, solo sentía una calma extraña.

—Teo —lo interrumpí—. Gracias por cuidarme todo este tiempo. Pero me he dado cuenta de que algo en mí ha cambiado.

Él levantó la vista, desconcertado.

—Ya no espero que nadie me dé un hogar —dije en voz baja. Este año casi muero por Ángel y me obligué a soportar la apatía por Teo. Había buscado afuera lo que solo mi propio cuerpo, mi gato y mi familia podían darme.

El despertar aún no era una explosión, pero sabía que ya nada sería igual. Empecé a cuestionar esa "estabilidad" por la que estaba sacrificando mi espíritu. Si el precio de la paz era el entumecimiento del alma y el dolor físico, entonces no era paz; era una condena.

La reunión familiar comenzó, todos con nuestras pijamas de colores, y las risas llenaron la casa. Sonreí, y esta vez, la alegría llegó hasta mis ojos.

Había tocado fondo, y ahora, cada paso era hacia arriba.

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