Mundo ficciónIniciar sesiónDos meses después
La biopsia por punción con aguja Trucut fue una pesadilla que no desearía repetir jamás. Sentir el metal frío invadiendo mi cuerpo fue como un recordatorio de mi propia vulnerabilidad. Ahora, solo me queda habitar esta espera asfixiante; en una semana, los resultados decidirán mi destino.
Teo ha sido mi faro en medio de esta tormenta. Ha estado presente en cada paso, brindándome su apoyo incondicional. He dejado el alcohol, me he recluido en casa y sigo una dieta estricta, casi ascética. La doctora me diagnosticó problemas de tiroides, resistencia a la insulina e inflamación intestinal. Aunque mis opciones de comida son frustrantemente limitadas, me estoy adaptando; ya he bajado 14 kilos, un logro considerable después de tanto peso ganado por el estrés. Todavía no tengo fuerzas para el ejercicio físico, pero el ayuno intermitente se ha vuelto mi nueva disciplina. Las medicinas para la ansiedad me ayudan a dormir, aunque me mantienen en un estado de somnolencia constante.
En medio de este aislamiento, recibí un mensaje de voz de mi ex suegra, la mamá de Ángel. A pesar de todo, ella y yo siempre tuvimos un vínculo especial; la extraño de verdad.
—Ojalá te hubieras conocido con mi hijo William —decía su voz, cargada de una ternura casi absurda—. Él está soltero. Así yo no te habría perdido como nuera.
Me quedé en silencio, con el teléfono pegado al oído. Mi primera reacción fue de incredulidad: ¿acaso esta familia está loca? Un hijo casi acaba con mi cordura y ahora la madre sugiere que el otro tome el relevo.
Sin embargo, algo en mi interior se estremeció. No fue por William, a quien apenas conocía por fotos, sino por el peso de la palabra "nuera". Me invadió una nostalgia punzante por esa sensación de pertenencia, por los momentos compartidos con su familia, por ese hogar que yo tanto anhelaba construir y que Ángel hizo pedazos. Por un segundo, mi mente divagó: ¿sería posible recuperar ese calor familiar a través de otro rostro? ¿Podría quedarme en ese refugio sin tener que cargar con el fantasma de mi ex?
—Aún está a tiempo de presentármelo —respondí bromeando, tratando de ocultar el caos emocional que me provocó su propuesta.
Pero la lucidez volvió pronto. William, en sus redes, tiene un parecido físico perturbador con Ángel. Aceptarlo sería como invocar al mismo demonio con un nombre distinto. Mi moral y mi dignidad no me permitirían jamás convertirme en un objeto de relevo dentro del mismo círculo familiar.
—No, no envíe nada —le pedí cuando ella insistió en mandarle una foto mía—. Si algún día la vida nos cruza, que así sea, pero no quiero forzar nada.
Le conté a mi madre y su reacción fue tajante: le pareció la idea más absurda del mundo y me advirtió que no cometiera tal locura. En el fondo, yo tampoco tenía afán; mi alma no estaba lista para nadie.
A ratos, pensaba en darle una oportunidad real a Teo. Él es el único, además de mi madre, que se ha quedado cuando todos los demás se marcharon. Pero el agradecimiento no es amor, y me dolía saber que lo que sentía por él era una paz tibia, no el fuego que todavía me quemaba por dentro.
¡Ángel, Ángel, Ángel! Has sido un demonio en mi vida, y sin embargo, mi memoria traicionera insiste en proyectar solo los momentos hermosos. Te extraño, aunque me duela admitirlo.
Pero justo cuando empezaba a reconstruirme, intentaste derribarme otra vez. —Quiero saber si quieres volver conmigo —me escribiste—. Cometimos errores, pero te quiero, Mayleen. Me duele que no estés aquí. —Pero tienes novia —te respondí—. Me lo dijiste a las dos semanas de terminar. —Para mí solo tú eres mi novia. No sé de qué hablas... solo dame tiempo.
Tus mentiras eran tan dulces que casi me permito creerlas. Pero dos días después, la realidad me dio una bofetada: publicaste una foto con ella. Me bloqueaste para que no la viera, pero olvidaste que compartimos el mismo mundo. A través del celular de mi cuñado, vi esa imagen.
Esa foto me destrozó el alma. ¿Por qué mentirme de esa manera? Yo nunca te busqué, nunca te rogué. ¿Por qué venir a buscarme solo para verter sal sobre mi herida? Te llené el celular de mensajes cargados de rabia, exigiéndote que nunca más volvieras a buscarme.
Esa noche lloré hasta quedar vacía. Recordé cómo hace solo un mes me terminaste usando cualquier pretexto absurdo, solo porque tuve que regresar a resolver un inconveniente. Ahora todo encajaba: ya estabas con ella desde antes. Solo buscabas una excusa para dejarme ir. Qué estúpida fui.
—No puedes seguir así. Ha pasado un año, no te permitas hundirte más —me retaba mi subconsciente.
Volví a la realidad. Quizás, la única forma de cerrar este libro de dolor es caminar hacia la luz que Teo me ofrece. Él se merece que, al menos, lo intente con todas mis fuerzas.







