Amelia se ponía cada vez más nerviosa cuanto más tardaba el médico en revisar a Dimitri. Tenía las manos apoyadas sobre su vientre; una de ellas frotaba la leve protuberancia en un gesto inconsciente, como si pudiera calmar el nudo que le apretaba el pecho.
Su mirada iba de su esposo al doctor una y otra vez, aferrándose a la esperanza de encontrar cualquier indicio que le confirmara que todo estaba bien. Pero no había nada. La expresión del médico se mantenía inalterable, estrictamente profesi