Dimitri presionó el arma un poco más contra la sien de Miles cuando este se mantuvo en silencio. Era un hombre paciente, pero los acontecimientos de los últimos días lo habían llevado al límite.
—¡Está bien! ¡Está bien! —gruñó Miles, con la respiración agitada—. Te diré todo lo que sé, pero aleja esa maldita arma de mí.
Dimitri lo observó sin moverse. A propósito tardó en apartarse; quería que el miedo terminara de instalarse en él, que entendiera perfectamente que aquello no era una amenaza va