Durante la última semana la ira de Amelia contra Dimitri había ido remitiendo. Quizá en parte porque él no se la estaba poniendo fácil.
Todas las mañanas desayunaban juntos y, por las noches, regresaba temprano para cenar, aunque el trabajo parecía no darle tregua y a veces debía encerrarse en su oficina durante horas.
Las flores y los bocadillos de media tarde tampoco dejaron de llegar. Algunas tardes incluso aparecía sin avisar para llevarla a almorzar.
Y luego estaban las llamadas.
Cada día