Mabel
No desperté encadenada. Las sábanas eran suaves, demasiado suaves, de un algodón tan fino que parecía deslizarse sobre mi piel como agua tibia. El colchón era cálido.
Entraba luz suficiente para despertar, pero no para abrumar con tanta claridad, había flores blancas el aroma que estas desprendían era delicioso.
Me incorporé lentamente, mi cuerpo estaba limpio, vestido con un camisón de seda color perla y mi cabello estaba suelto y un poco despeinado, me acerqué al ventanal, había hombres