La noche había caído como una losa. En casa sólo se oía el tic tac del reloj y, a lo lejos, el murmullo de la ciudad. Sebastián me esperaba en el coche, con el motor encendido y la carpeta gruesa sobre las piernas. Tenía una linterna pequeña, una memoria USB y esa calma de siempre que a veces me daba seguridad… y otras, pavor.
—¿Lista? —susurró cuando abrí la puerta del copiloto.
Asentí sin palabras. El estómago me daba vueltas. Él sonrió apenas, como quien se apoya en la certeza de que el plan