La mañana siguiente amaneció cargada de un silencio espeso. Yo apenas había dormido, con las fotografías escondidas en el cajón de la sala y el eco de las palabras de Sebastián aún taladrándome la mente.
Julián desayunaba frente a mí, con su habitual perfección: traje impecable, café negro, la sonrisa serena de siempre. Pero ya no podía engañarme. Detrás de esa calma había algo más, algo que se filtraba en cada gesto.
—Estás muy callada —comentó, levantando la vista de su taza.
—Estoy cansada —