El amanecer llegó con un peso extraño. No dormí en toda la noche; apenas cerraba los ojos, el nombre se repetía una y otra vez en mi mente como un eco interminable: Clara.
Julián salió temprano. Se despidió con un beso fugaz, como si la rutina pudiera tapar el abismo que se abría entre nosotros. Yo me quedé sola, con la taza de café intacta en las manos y la foto escondida en el cajón de la sala.
No podía seguir ignorando lo evidente. Necesitaba respuestas.
Tomé el bolso y salí a caminar por la